“Honrados ciudadanos y buenos cristianos”, es el característico eslogan repetido por Don Bosco hasta la saciedad

 

096 Tempio di D Bosco

 

Don Bosco repetía con frecuencia: “La educación es el gran arte de formar hombres”.


Este objetivo tiene para él una concepción muy precisa: la madurez humana y cristiana del joven, su capacidad de afrontar la vida con sentido de responsabilidad y de seriedad. Jóvenes constructores de la sociedad y de la Iglesia.

Algunas de las finalidades educativas del Sistema Preventivo de Don Bosco son:

 

Educar evangelizando

Sí es un hecho que la opción evangelizadora del Sistema Preventivo se mueve dentro de la educación cultural, es igualmente verdad que su compromiso educador está muy dirigido por el compromiso pastoral de evangelización.

Nuestra acción educativa es Pastoral, en el sentido de que todo el proceso educativo, con sus contenidos y metodología, está orientado a la finalidad cristiana de la salvación e impregnado de su luz y de su gracia. El Sistema Preventivo quiere proponer una educación situada con todo realismo, en el interior de la vida concreta e integral del ser humano, como un método práctico de aprender a desarrollar todas las posibilidades.

“Educar evangelizando” significa liberar al joven, hacerle consciente de sus propios derechos y deberes, participe y conocedor de las vicisitudes de su época, capaz de autodeterminación y de colaboración.

Esto lleva consigo tener opciones concretas, con compromisos continuamente nuevos que nos obligan a revisar, constantemente, a fondo nuestro trabajo educativo. Una implicación de la persona del educando con toda su realidad: la meta real e histórica de su crecimiento, los acontecimientos, los medios adecuados a sus necesidades y la metodología que le pueda ser más provechosa en su maduración.

 

Evangelizar educando

La preocupación pastoral de Don Bosco se caracteriza por una opción de la educación como campo y modalidad de su actividad pastoral.

Por esta razón el Sistema Preventivo se apoya en el hecho concreto de la compenetración existencial que se da entre “evangelización” y “educación”. Una vez más aparece esa manera sencilla pero llena de significado con la que Don Bosco resume su acción educativa: “buenos cristianos y honrados ciudadanos”.

La acción Pastoral Salesiana se coloca dentro del proceso de humanización, convencidos de que el Evangelio debe precisamente ser sembrado ahí para llevar a los jóvenes a comprometerse en la historia con generosidad. La Pastoral tiene que ser verdaderamente útil en la construcción de la nueva sociedad.

Si el Evangelio posee un valor salvífico en el desarrollo del hombre, y si los jóvenes están viviendo unos años de educación, su evangelización más adecuada consistirá en acompañarles en un proceso educativo donde la fe se integra como elemento unificador y como luz de su propia personalidad integral.

Ello requiere, lógicamente, la implicación personal del “evangelizador – educador”, tanto sea Salesiano consagrado como Seglar, con sus convicciones personales, sus íntimas motivaciones, sus criterios y métodos de presencia educadora con los jóvenes.

 

Amor: amabilidad, cariño, caridad

El término utilizado por Don Bosco, “amorevolezza”, tiene una difícil traducción al castellano. Sin embargo el contenido que encierra esa palabra es “el alma del Sistema Educativo”, el supremo principio del método educativo de Don Bosco.

La relación que hace posible la labor educativa no es la autoridad como fuerza impositiva, sino el afecto, la amistad. La autentica relación se establece de corazón a corazón. Dice Don Bosco. “…que los jóvenes no sean solamente amados, sino que se den cuenta de que se les ama … Sin afecto no hay confianza, y sin confianza no hay educación”

La confianza exige en el educador un afecto profundo y noble hacia los jóvenes. Se expresa palpablemente mediante la familiaridad, la cual elimina distancias. El educador participa con entusiasmo en las actividades de los alumnos, dialoga con ellos …, está siempre disponible para dar el primer paso.

La familiaridad suscita la respuesta del afecto y éste abre las puertas del corazón del joven. Aquí han de llegar todos nuestros esfuerzos educativos.

Don Bosco, incluso, nos señala un espacio concreto para desarrollar esta familiaridad: el patio, el recreo.

La presencia de los jóvenes en los lugares de recreo y diversión requiere a la vez la presencia del educador Salesiano, la famosa asistencia Salesiana.

 

Religión

Para Don Bosco, la acción educativa se identifica plenamente con la actividad salvadora y santificadora de la Iglesia.

Hoy corremos el riesgo de dejar de lado los valores religiosos porque nos puede parecer que son valores anticuados que a los jóvenes no les dice nada. Podemos caer en la tentación del miedo a la hora de hablar de la oración, los sacramentos, las prácticas religiosas.

No obstante no debemos dejar de lado la dimensión religiosa del hombre. Sí así lo hacemos cometeremos una injusticia con el educando que es portador de valores eternos.

Los valores cristianos, del evangelio, son buenos y necesarios en el mundo actual, sin olvidar la tolerancia y el respeto hacia todas las creencias religiosas, también válidas y loables.

Los educadores deben ser “signos y portadores del amor de Dios a los jóvenes”, especialmente a los más pobres. Por ello no han de tener reparo en invitar a los jóvenes a la profundización de su fe y de abrirles la puerta a la trascendencia, como fundamento central de su vida, que se concreta en la vivencia de las prácticas religiosas del cristiano.

 

Razón 

Don Bosco pide al educador una actitud razonable y persuasiva. Ello contribuye a dar al sistema educativo Salesiano esa naturalidad característica que tan gratamente sorprende a quien por primera vez se pone en contacto con un centro Salesiano.

Don Bosco intuye con agudeza la índole del adolescente, ávido de razones y necesitados de comprensión. El “porque sí” no es válido, la explicación, el convencimiento de lo que se debe hacer y la sencillez en el trato refuerza la relación amigable entre educadores y educandos y hace innecesarios los castigos.

La razón está unida a una sólida preparación personal y capacitación profesional por parte del educador, lo cual confiere una “autoridad” que le permite transmitir cualquier tipo de valores sin que haya imposición alguna.

 

Honrados Ciudadanos

Su pedagogía arranca de las necesidades más inmediatas del joven.

El mismo Don Bosco había sentido de niño la incomprensión y la inseguridad ante el futuro; pero también experimentó la mano amiga en los momentos difíciles. Por ello pudo comprender mejor que nadie la situación de aquellos jóvenes sin trabajo, sin familia, perdidos en la ciudad.

La sociedad no ayudaba a mejorar a aquellos jóvenes, pero ellos tampoco ayudarían a mejorar la sociedad si seguían en esta situación. Por eso Don Bosco advertía insistentemente: “Hay que cuidarse de la juventud, si se quiere salvar la sociedad”

Tal era su convencimiento de esta idea y de su importancia que su eslogan, dicho por él, cambiaba el orden: “honrados ciudadanos y buenos cristianos”, marcando la primacía del primero sobre el segundo, sin olvidar este último.

Actualmente vivimos en una sociedad que repercute en la forma de ser y en la situación de los jóvenes, pero al mismo tiempo son estos jóvenes los que tienen que mejorar esta sociedad, ayudándoles a superar la dualidad que hoy les envuelve y atenaza: el ansia de poder y la sensación de impotencia, y animándoles a que asuman responsabilidades proporcionadas a su capacidad y madurez.

 

Buenos cristianos

El alma de la obra educativa de Don Bosco es la idea cristiana que supera toda forma de neutralismo. La experiencia socio – religiosa de una juventud en franco proceso de descristianización y marginación de la Iglesia, situación que se repite en la actualidad.

Don Bosco constituyó una alarma para la conciencia sacerdotal de Don Bosco sobre la responsabilidad que tiene hoy todo educador cristiano. Don Bosco tenía la convicción profunda de que la “salvación o perdición” eterna de un hombre depende del uso que haga del tiempo en su juventud. Es el periodo de tiempo en el que el ser humano sienta las bases de cómo va a ser de adulto y también es el momento en el que el “árbol está tierno y se le puede poner la guía que le enderece”.

 

 

 

La primera petición para que los Salesianos vinieran a Colombia, se realizó por carta el 25 de agosto de 1882, por Monseñor Eugenio Biffi, arzobispo de Cartagena. Posteriormente, un hecho, en apariencia poco significativo, la curación de doña María Ortega de Pardo alcanzada en Paris por mediación de San Juan Bosco, ya en el ocaso de su vida (1883); constituyó el punto de partida para que el nombre de Don Bosco y su obra empezara a abrirse paso en el gobierno y la sociedad colombiana.

Pero fue el primer sucesor de Don Bosco, beato Miguel Rúa, quien llevó a cabo el termino de la gestión que condujo a la firma del contrato de fundación, el 1 de mayo de 1889 y la organización de la primera expedición de Salesianos a Colombia. El 11 de febrero de 1890, llegan a Bogotá los primeros Salesianos, con la intención de organizar la primera escuela de artes y oficios de Colombia, el Colegio León XIII.

El proyecto inicial, que contemplaba sólo la educación técnica, fue rápidamente superado. Se comprendió que era importante el cultivo de las vocaciones Salesianas entre los jóvenes y se inició la organización de los estudios clásicos.

Tal fue el auge en la expansión de la obra Salesiana en Colombia, que su animación se hizo difícil para un solo superior provincial. Así que se procedió a dividir la Inspectoría San Pedro Clavér (que se extendía en toda Colombia) en dos inspectorías; la existente, con sede en Bogotá, y la nueva con sede en Medellín. Tras la aceptación del Padre Carlos Julio Rojas como primer inspector, el 1 de octubre de 1957, nació en Colombia y para el mundo Salesiano; la Inspectoría San Luís Beltrán. Su territorio comprende el occidente del país con la demarcación natural del Río Magdalena.

En la actualidad, después de más de 50 años de su creación, la Provincia Salesiana “San Luis Beltrán” de Medellín cuenta con 36 obras que acogen alrededor de 25.000 personas, en 15 ciudades y 10 departamentos. Dichas obras promueven la evangelización a través de la educación y la promoción humana y social en colegios académicos, institutos técnicos, centros de capacitación, parroquias, centros juveniles, obras sociales para los más desprotegidos y un sin fin de actividades. 

 

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